viernes, 24 de octubre de 2008

Prologo. La flor delos 4 vientos

Prologo

La flor de los 4 vientos.



En una enorme ciudad, situada en una meseta rodeada por altas montañas, verdes en primavera y blancas en invierno, construida sobre las ruinas de lo que alguna vez fue un poderoso reino situado en medio de un lago cristalino, en una colonia con un aire antiguo, en la que cada esquina parecía esconder una leyenda colonial, y sin embargo entre las torretas y campanarios de piedra se asomaba uno que otro moderno edificio de cristal y acero, y en cuyos parques y centros comerciales los chicos andaban tranquilamente con sus celulares en la mano, haciendo tarea, sacando fotos, jugando videojuegos o incluso llamando por teléfono a sus padres o amigos, había una casa abandonada, situada en las faldas de uno de los varios y pequeños cerros solitarios, dispersos en el valle.

Muchos se preguntaban porque una casa tan hermosa llevaba tantos años sin haber sido habitada. Los mayores decían que hacía años un hombre muy importante vivía ahí, que su hija se había casado con un humilde campesino y el, en su furia, se había encerrado ahí para nunca jamás asomar la nariz otra vez. Otros más decían que dicho campesino era un brujo, un hechicero malévolo que había encantado a la pobre e inocente joven, y que su padre desesperado, había abandonado todos sus negocios y la casona para ir a salvarla de sus garras. Algunos mas decían que en realidad la joven había sido muy feliz con su marido y que ambos convencieron al anciano cascarrabias para ir a vivir con ellos en el campo.

Los más chicos, los niños que asistían al instituto multigrado León Estrella, sin embargo, solían decir que el hechicero había luchado contra un monstruo en la vieja casa, derrotándolo tras haber perdido la mitad de su alma, y encerrándolo con ayuda de sus ayudantes mágicos en el sótano, sellándolo con una antigua piedra de un templo prehispánico. ¿Cómo es que los niños tenían esta información que los más viejos no conocían? Muy fácil. Los niños podían oír al monstruo, arañando las paredes del sótano, pidiendo ayuda… Ofreciéndoles dulces y juguetes a aquellos que lograran entrar al sótano y retirar la piedra que mantenía la puerta cerrada.

Por supuesto, ningún niño podía levantar la piedra solo. De hecho hubiera sido necesario que 5 adultos robustos con maquinaria movieran la enorme figura de la serpiente emplumada que obstruía la entrada al lugar, pero ningún adulto cabía por la cañería que era el único acceso al misterioso lugar.

De cualquier modo, ningún adulto tenía autoridad para usar maquinaria pesada, abrir la cañería hasta que fuera posible para los adultos y la maquinaria entrar hasta ahí y mover la piedra. La casona del Bardo estaba debidamente registrada a nombre de una mujer que jamás aparecía por la ciudad, y que además jamás permitiría que demolieran la casa de su padre.











Pilar Bardo descendió con elegancia del Sentra aperlado que la había llevado hasta la puerta de la casa. Sus zapatos de charol blanco hicieron un sonido cálido y juguetón, pisando las hojas secas de la jacaranda y el trueno que crecían en el patio, extendiendo sus ramas mas allá del muro de piedra, como queriendo escapar de años de soledad y saludar al sol y a las ardillas del parque que se extendía frente a ellos.

Hurgando en su igualmente blanco bolso de mano, la mujer de cabello rubio oscuro peinado en un apretado chongo que descansaba elegantemente en su nuca, sujetado por dos broches de concha nácar, finalmente extrajo un llavero enorme y antiguo, con 15 llaves de estaño, cobre y acero, y una paloma de plata como adorno.

-Finalmente estamos aquí. –susurro con una sonrisa. Sus amables ojos azul oscuro hicieron un guiño a sus espaldas, invitando a sus acompañantes a seguirla hacia la alta y antigua reja, hecha de herrería colonial, con garigoleados fantásticos que se entretejían con los igualmente fantásticos manojos de campánulas secas que se aferraban al antiguo metal agregando su figura al portón para darle el aspecto de un encaje o de un retablo churrigueresco.

Detrás de ella, un matrimonio joven y una pequeña de 5 años, con el cabello negro y lacio recortado hasta la barbilla enmarcando su rostro redondo y aceitunado, bajaron también del elegante auto. Rosauna, la mamá, de largo cabello lacio y negro como el azabache, observaba boquiabierta el lugar tan enorme, en el que nunca se hubiera imaginado vivir. Jorge, su esposo, de rostro más serio y casi tan blanco como el de Pilar, con prematuros mechones grises en las sienes, ya conocía el lugar, así que menos interesado, se acerco a ocuparse de los hombres que conducían la destartalada mudanza que venía siguiéndolos desde Zitlapa, su pueblo natal.

-¿Aquí vamos a vivir?- pregunto la niña, saltando sobre el empedrado de la calle hasta situarse al lado de su abuela.
-Así es, Vitari. – Pilar dio la vuelta con facilidad a la llave y el enorme candado cayó en su mano. Rosauna se acerco solicita y recorriendo el enorme pestillo, empujo las dos alas de la reja para que todos pudieran pasar. Sus pants azul marino y su camiseta de los Beatles se mancharon de polvo y herrumbre. Sin embargo, la pesada reja rechino bastante poco para todos los años de lluvia y maleza que llevaba encima.

-¿Y Zordac y mi abuelito van a venir con nosotros?
-Me temo que no, mi niña… Tu abuelito tiene mucho trabajo en la hacienda, y tu primito Miguel… bueno, su mamá decidirá a donde se irán a vivir.

La abuela pilar jamás llamaba a Miguel por ese nombre tan extraño. Zordac le parecía un apodo con demasiada fuerza para un niño tan pequeño, además no era un nombre afectivo como Mickey o Migue... Era una palabra al azar, sin significado, Vitari lo había llamado así cuando no sabía hablar, y el apodo nunca se le quito, los niños del pueblo no lo llamaban de otro modo. El abuelo había dicho que era una palabra mágica, y consintió en llamarlo así. Y se indignaba cuando los adultos lo llamaban Miguel.

El nombre de Vitari era distinto. Su mamá insistió mucho para ponérselo. Era una palabra en Purépecha que significaba “Corazón de Lluvia”, y no podía quedarle mejor. Tenía los ojos grandes y brillantes, húmedos e inquisitivos, como los de una becerrita, pero lo más sorprendente era su voz, fresca y clara y siempre corriendo por el pueblo como un arrollo, como un chaparrón de primavera, alegrando a la tierra y a la gente que la escuchaba.

¡Como iban a extrañarla en el pueblo! Sin embargo Jorge había insistido en que eso era lo mejor. Las cosas no estaban como para tener a esos dos niños cerca del cenote sagrado.

Sin embargo la pequeña no dio señas de escuchar la respuesta de su abuela, maravillada con la vista de la antigua casona, ahora que había atravesado los espesos arboles que la cubrían de ojos ajenos.

Tenía las paredes hechas de adobe, pintados con una pintura antigua, que parecía no haberse deslavado con los años, a pesar de que las enredaderas y más campánulas habían hecho presa de la mitad derecha de la fachada. La parte de abajo estaba pintada de rojo, con las líneas entre el adobe remarcadas con blanco. Pero desde la base de las ventanas hacia arriba, la casa estaba cubierta de yeso blanco, aplanando la textura de los enormes bloques, interrumpida simétricamente por las rejas coloniales como la del portón, negras y circulares, conteniendo dos balcones o ventanales redondos y seis ventanales planos. Sobre uno de los balcones, a la izquierda de la casona, se levantaba una pequeña torre, semejante a un campanario, pero en cuya punta se encontraba un nicho que en lugar de campana albergaba una estatua de formas redondeadas, casi infantiles. Un angelito regordete, hecho de cantera rosa, que se cubría de la lluvia y el sol con las tejas rojas que remataban el techo del edificio.

A un lado del patio, una pequeña y vieja casa de madera hecha a la talla de una niña pequeña, se veía brillante a la luz del sol de las 5 de la tarde, que caldeaba perezoso las flores de bugambilia que habían invadido su interior y cubierto su techo, adornando las ventanas con cortinas hechas de tela de araña.

-¡Ni se te ocurra entrar a jugar en esa casa hasta que no le haya dado el visto bueno tu papa!-la detuvo Rosauna antes de que pudiera poner un pie en las maderas viejas de la pequeña escalerilla de entrada.
-Lamento tanto no haber podido preparar la casa con tiempo… Espero que no tengan problemas para acomodarse esta noche para dormir…
-Doña Pili… Es usted un ángel. No se preocupe por nosotros. Esto es más de lo que podíamos haber pedido. No sabe cuánta tranquilidad es para mí saber que los niños están a salvo de…
-¡Ejem! – interrumpió Pilar al ver a Vitari pasar corriendo, con su caja de juguetes. - Rosauna… Antes de que se meta el sol… ¿Quieres entrar a escombrar las habitaciones? Tengo que decirte de donde son todas estas llaves…
-Oh… Claro… ¿Vitari? ¿Dónde estás?
-¡Acá mami! ¡Mira! ¡La fuente tiene pescaditos!... ¿Los pescaditos tienen manos?
-Esos son Ajolotes, mi niña. Vamos, entra a la casa.
-¡Si abuelita! ¡Mama! ¡Yo quiero dormirme en el cuarto de la torre! – dijo Vitari, mirando con ilusión los cristales refulgentes de el balcón que colgaba justo debajo de la torre, como si la casa fuera un palacio de cuento de hadas.
-¡Ese era mi cuarto! Cuando yo era de tu edad, tenía una casa de muñecas junto a la ventana… ¡Vayan arriba, Tal vez todavía este ahí!
-¿En serio?-dijeron madre e hija al unísono. Tras intercambiar una mirada emocionada, las dos corrieron escaleras arriba como si fueran dos niñas.

-Las consientes mucho, Mamá.-

Jorge entraba al enorme salón recibidor cargando una caja, la de los documentos más importantes. Después de depositarla sobre el baúl antiguo que descansaba junto a los polvorosos sillones viejos, se dejo caer el mismo sobre uno de ellos, sin quitar la sucia sabana con la que habían cubierto el mueble, y levantando, naturalmente, una molesta nube de polvo que interrumpió su sincero suspiro de alivio. Al darse cuenta de su error, y tras hacer un gesto notable de fastidio ante su torpeza, ya que era un amante del orden y la limpieza, se dejo caer sin más ceremonia sobre el love seat, descansando por primera vez en casi 3 días.

Pilar levantó la tela que cubría el sillón individual, sacudió la falda de su elegante traje sastre rosa pálido, y tomo asiento frente a su hijo.

-Estarán seguros en esta casa. Solo asegúrate de tener siempre cerrada con candado la cubierta del drenaje que da al viejo sótano.
-Ya lo sé. Me metí en problemas cuando era niño en ese lugar. No voy a permitir que nada semejante le pase a mi hija.
Mordiéndose un labio, Pilar contemplo su antigua casa, mezclando su nostalgia y su cariño con un sentimiento de angustia y ternura que se reflejaba en sus ojos, que casi lloraban cada que lanzaba miradas a su hijo mayor, quien cubriéndose el rostro con un brazo, se quedo quieto, en silencio durante unos minutos.

-Sabes que no es culpa tuya… Ni de tu padre…
-No. Lo sé. La culpa es exclusivamente de Juan por ser tan idiota…
- Tu hermano no es un idiota. Solo tiene el corazón muy grande…
-Tenia… el corazón muy grande. Y la boca también.

Pilar cerró los ojos. Una sola lágrima escapo de entre sus pestañas, cayendo en silencio sobre el piso de madera. Inmediatamente, la mujer recupero la compostura y la confianza.

-Tu hermano no está muerto. Tiene el poder de los cuatro vientos.
-Mamá… No empieces tu también.
-¡Debes tenerle fe a tu padre, y a tu hermano! Hijo si tu hubieras visto la mitad de lo que yo vi cuando conocí a tu padre…

Jorge se incorporo lentamente, mirando a su madre a los ojos.

-He visto más de lo que hubiera deseado ver en mi vida. –Gruñió el joven canoso- He visto que mi padre no está loco, mamá si eso es lo que te preocupa. Le creo. Creo en su magia. Creo que cada una de sus leyendas y sus palabras son reales…

El hombre guardo silencio y en lo que entraban los hombres de la mudanza cargando un librero de madera y un escritorio moderno y elegante, y los dejaban en el vestíbulo. En cuanto salieron de nuevo para traer más cajas con libros y ropa, Jorge se levanto, caminando pausadamente hacia la ventana.

-Es por eso mismo que huimos. No quiero tener nada más que ver con esas cosas. No quiero que mi hija aprenda nada de eso. No quiero por ningún motivo… Volver a perder a un miembro de mi familia por las estupideces de mi padre.

Pilar se mordió el labio. Quería defender a su esposo, consolar a su hijo… Pero sabía que si decía algo más, el malhumorado y furioso hombre podía dejar de dirigirle la palabra a ella también. Lo conocía a la perfección. Lo más que podía hacer por él en este momento era estar a su lado en silencio, abrazarlo y ofrecerle la casa que su padre le había heredado. Ya habría tiempo para pláticas y reconciliaciones mas tarde.

-¡Eso es todo señito!

Los cargadores habían terminado de vaciar la mudanza. No era mucho lo que Jorge y sus chicas habían traído en realidad. (La familia las llamaba “sus chicas” porque en verdad, Rosauna se comportaba como una niña, jugando con su hija por toda la casa. Trabajaba como Educadora y a menudo se la veía rodeada de los niños de la escuela del pueblo por todas las calles, Además de ser una traga años, y aparentar 18 cuando ya tenía 25.) La casa del bisabuelo Nazario estaba bien amueblada, y solo habían salido con lo más necesario. Pilar liquido la cuenta y los despidió con una sonrisa benévola, mientras Jorge movía algunos muebles del estudio antiguo, para acomodar su escritorio moderno y su computadora. Cuando al fin hubieron salido, Jorge saco la nariz de la parte trasera de su máquina, llena de cables y tornillos enredados.

-¿Y qué pasará con los Lazcano? ¿También los vas a ubicar por aquí?
-Jean Paul y Tlaneci van a ayudar a tu padre con su problema, antes de volver a Canadá. Pero escuche que ella tiene una hermana que vive en esta parte de la ciudad, aunque me parece que aun va a la universidad… sin embargo es mayor de edad y es la única que puede cuidar a esas niñas.

Jorge se volvió a ocultar tras el escritorio con un respingo. –Esas pobres… Deberíamos darles alojamiento también. Especialmente me preocupa la mayor… La que estaba ahí cuando todo ocurrió. ¿Cómo se llama?
-Calli. Deberías saberlo, tu hija y ella son la guayaba y la tostada… andan juntas de aquí para allá…
-Si… Lo siento. Demasiado trabajo… Te prometo que voy a cuidarlas más.
- Tranquilo. Se lo ocupado que estas. Ellas también lo saben.


Las manos de Jorge dejaron de jalar cables y de apretar tornillos por unos segundos. Era un rarísimo momento de debilidad en ese hombre, tan joven y orgulloso, con la sangre antigua y sabia, y el cuerpo fuerte y maltrecho. Pilar lo miro temblar por un breve segundo y supo que contenía un sollozo. En silencio lo envolvió en un abrazo de madre, de esos que todo lo entienden y te sacan cualquier dolor aunque no puedas ponerlo en palabras.
-Te dije que podías descansar y relajarte. Esta casa tiene un hechizo, hijo. Nadie podrá hacerles daño aquí.
- Si… Lo se... Estarán seguras mientras la flor del viento tenga alimento. No lo he olvidado. –Pilar sonrió. El mayor de sus hijos. El que había dicho que era demasiado grande para esas cosas. El que renegaba de su padre y de su herencia… Era el que mejor recordaba sus deberes.

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